[Español] The Hum, Tales of Anubis: Capítulo 1 – El Enjambre

Hace más de 20 milenios, en un rincón del Sistema 57, se encontraba la principal ciudad espacial de los nactalianos. No era la única, ni la más grande, pero sí el punto más importante de sus actividades y donde cada uno de sus individuos era creado utilizando avanzadas técnicas de clonación.

Allí, como un número entre millones, el especimen 2378 de su tirada fue concebido con el fin de cumplir como ayudante de campo en las expediciones a planetas de grado 2. Expediciones que, típicamente, consistían en secuestrar por la fuerza a nativos de diversos planetas para luego ser utilizados como sujetos de prueba en algunos de los tantos experimentos que su especie realizaba.

La tecnología nactaliana y su conocimiento de la física del universo, se encontraban entre los más avanzados de la galaxia en aquel momento, un par de centenas de años antes del Despertar de la Galaxia, época en la cual las razas de grado 1 se enfrentaron con un replanteamiento total de los fundamentos de la existencia y, por supuesto, sus aplicaciones prácticas.

Allí, en ese rincón del sistema 57, estos pequeños pero hiperactivos sujetos planeaban y accionaban sus pasos como enjambre, día y noche, sin conocer descanso alguno. Esta ciudad no poseía nombre, aunque otras razas solían nombrarla como El Núcleo, puesto que era el corazón de toda la sociedad nactaliana.

Así como sus ciudades, los individuos de esta especie no poseían nominación. Hacía siglos que habían perdido el sentido de individualidad que alguna vez tuvieron. A diferencia de otra razas, cuyo comportamiento de colmena les pertenecía por naturaleza, en ellos el proceso se había ido generando de forma artificial desde que comenzaron con la manipulación genética de sí mismos en busca de lo que ellos consideraron perfección. A través de la alteración de sus propiedades insistieron en eliminar los aspectos que, consideraban, interferían en sus capacidades intelectuales, como las emociones, a la par que entrelazaron su biología con nanotecnología sumamente depurada. Se fueron dotando a sí mismos de una capacidad de análisis sin comparación, junto con habilidades de interconexión mental, que les permitía comunicarse entre ellos más allá de los medios básicos como el habla, sonidos o gestos.

Es difícil explicar el funcionamiento sincronizado y metódico de esta especie y como se desenvolvían dentro de las escalas colosales de sus estructuras frías y matemáticamente perfectas, en las que cabían y convivían miles y miles de individuos perfectamente dispuestos, cada cual en su tarea y sin más razón de existir  que cumplir con su rol dentro de la sociedad.

Su cultura se basaba en la eficiencia y, así, cada uno de sus individuos era creado bajo un patrón específico dentro de los campos de generación de clones. Los había ingenieros, físicos o guerreros. Los había ayudantes o pilotos. En general, todos poseían una capacidad intelectual y de aprendizaje de actividades mecánicas que destacaba por sobre la mayoría de las demás razas de la galaxia.

Los nactalianos no conocían lo que algunos llaman “sentimientos” pero, en cierta manera, uno podría decir que eran despiadados. Muchos nativos de culturas tecnológicamente primitivas los han mencionado como los “desalmados” o los dioses sin corazón. Incluso con este aparente desapego total a las emociones, lo cierto es que se movían día y noche impulsados por una ambición sin límite hacia un objetivo que, debido a sus mentes sumamente complejas, ya habían perdido de vista. Sol tras sol, perseguían una supuesta noción de perfección que se había ido difuminando en un horizonte indefinido.

A pesar de tanta intelectualidad avanzada, no eran capaces de discernir fuera de su circulo ansioso, dentro del cual corrían como ratones, ya sin recordar el punto de todo aquello. De todas formas, de alguna manera retorcida, eran concientes de que estaban encerrados en este proceso. Sabían que, por más que corrían y corrían en su supuesto camino a la perfección, estaban estancados hacía siglos en un punto de contradicciones, sin ser capaces de distinguir los motivos. Sumergidos en esa marea de evolución asistida y la conjunción de biología nanotecnológica, sacrificaron toda pasión, todo impulso creativo. Cuanto más empujaban para salir de la paradoja, más se enmarañaban en ella.

En algún punto podían percatarse de que algo había sucedido cuando comenzaron a perder las emociones, varios milenios atrás, y es por eso que intentaban recuperar ese algo sin retroceder a lo que consideraban primitivo. Así, la experimentación con individuos de razas de grado 2, el punto de evolución tecnológica en donde ellos hicieron el salto más alto de intelectualidad y donde se desprendieron de sus emociones, era una de sus actividades predilectas. Incursionaban en diversos planetas que tenían marcados como objetivos típicos, donde secuestraban especímenes de familias que eran parte de sus catálogos y los utilizaban como sujetos de prueba constantemente. El destino de estas pobres personas siempre era aterrador, víctimas de todo tipo de manipulaciones sin consideración alguna por el dolor que pudieran sentir en el proceso.

Los nactalianos no tendían a relacionarse con otras especies de grado 1, pero tampoco eran reacios si la ocasión lo merecía. Al fin y al cabo, para ellos, todo en el universo no era más que un instrumento a su disposición. A sí mismo, las especies circundantes no solían buscar relación con ellos salvo por necesidades técnicas específicas.

Estos seres podían vivir, por su genética, alrededor de 5 mil años, pero raramente alcanzaban tanta longevidad. Si un individuo no cumplía las expectativas matemáticamente seteadas para su rol o su rendimiento decrecía lo suficiente como para ser considerado una carga, era reciclado o bien pulverizado por completo. Ellos mismos se entregaban al sistema de depuración sin objeción alguna, carentes de cualquier sentido de supervivencia individual. Sus mentes estaban en el enjambre. Vivían y morían para la eficiencia del mismo. El número de nactalianos existentes era típicamente constante. A la par que un sujeto era pulverizado, uno nuevo se creaba por laboratorio.

Así, en este proceso, en esta rueda de la cultura nactaliana, el individuo 2378, cuyos fines y rol eran de ayudante de campo en incursiones a planetas de grado 2, fue creado bajo procedimientos standard, que incluían todo tipo de análisis y predicciones sobre la utilidad del sujeto fabricado.

Incluso entre tanta tecnología predictiva y bajo el análisis de la inteligencia artificial más avanzada de la galaxia, nadie pudo siquiera imaginar o adelantar que nacería un individuo como él. Y menos aún, viniendo de los nactalianos. Un especimen sin nada especial, idéntico en apariencia física a los millones de los de su especie, diseñado bajo control absoluto para que de él surjiera solamente lo esperado, sin ningún atisbo de elementos caóticos.

No obstante, el individuo 2378 fue lo que esa minúscula probabilidad en el campo infinito de las probabilidades quizo que sea. 2378 se desempeñaba como cualquier otro ayudante de campo. Utilizaba la tecnología nactaliana para dispersar o anular personas de diversos planetas, luego secuestrarlos y entonces proveerlos como sujeto de prueba a los ingenieros genéticos de su grupo.

Pero, a diferencia de lo que sucedía con sus incontables hermanos, en él se movia un ruido, una interferencia, un desperfecto, cada vez que oía los gritos de los primitivos y sus intentos futiles por impedir su destino. Gracias a la interconexión nanotecnológica con sus pares, lograba percibir que ese desperfecto no era algo común entre los suyos y, mientras cualquier nactaliano se hubiese auto entregado para el reciclaje al detectar alguna falencia como aquella, 2378 fallaba incluso en eso. Sin comprender por qué, se las arregló para que nadie de su enjambre fuera capaz de detectar su desperfecto. Tenía un impulso incontrolable por existir, un rechazo ineficiente e irracional frente a la idea de ser pulverizado.

Utilizaba módulos de su cerebro para analizar los detalles de este comportamiento errático y sin sentido, a la par que intentaba sostener la eficiencia esperada para su rol y así evitar disparar alarmas que devengan en su destrucción. Debido al frenético ritmo que de las tareas intelectuales de los nactalianos, mantener esta “doble vida” fue una ardua tarea para 2378. No encontraba explicación racional, ningún análisis cobraba sentido, pero él no podía evita esa necesidad de ser.

El mismo 2378 hace referencia en sus relatos memo-holográficos a estos pasajes de su vida temprana en el enjambre. Comparte, ya con plena conciencia de sus sentimientos, el sufrimiento y esfuerzo titánico que supuso sostener su supervivencia en el entorno nactaliano. Incluso habiendo vivido grandes sacrificios durante los años del Despertar y siendo parte de los incontables conflictos que le supusieron su papel en él, 2378 recuerda de su primer etapa, el significado de lo que él llama  “libertad”. Sus últimas palabras luego del Juicio de los 300 aún resuenan como un eco en la historia de la galaxia: “Encerrado hasta el infinito, aún tengo la libertad que no tenía en la época del enjambre: la de mi conciencia, saber quien soy”.

2378 vivió intentando ser uno más de su especie por 500 años. Los nactalianos no dormían ni tenían momentos de descanso u ocio, salvo por aquellos ratos en donde se sometían a sus cámaras de éstasis. Utilizaban dicho mecanismo cuando, tras meses o años de actividad constante, algún individuo detectaba neuronas agotadas o dañadas, pero reparables.  2378 utilizó este recurso aproximadamente doscientas veces en esos cinco siglos, lo que se encontraba por encima del promedio habitual de usos.

Era allí, en las solitarias horas de la regeneración, acompañado por el frío zumbido de la maquinaria de El Núcleo, donde hallaba un mínimo resguardo para su existencia fallida. Año a año escondía en algún rincón de su mente, fuera de la conciencia del enjambre, la añoranza por esos momentos dentro de la cámara regenerativa. Era su único consuelo, su espacio para comprender lo que le acontecía, para explorar sus funcionamientos defectuosos y intentar comprender ese impulso irracional por evitar ser destruido.

Rara vez podía permanecer en aquel estado personal y solitario por más de algunas horas, ya que ese era el tiempo que utilizaba la máquina en regenerar las células necesarias para cumplir con sus tareas como nactaliano. No obstante, esas pocas horas cada ciertas décadas eran, para él, el verdadero motivo de su existencia. Cada vez que comenzaba a notar una posible pérdida de eficiencia en sus labores, un pequeño sector de su cerebro le recordaba esos momentos en la cápsula y esa vibración inexplicable que recorría no solo su mente, sino su cuerpo entero. No comprendía por qué, pero necesitaba llegar vivo a su próxima regeneración, todo su ser lo requería. Así, tomaba fuerzas para apagar por años su desesperación y enfocarse en mantener su eficiencia en el enjambre y evitar fallar en aquello para lo que había sido concebido.

Con el paso de las décadas, soportar la espera comenzó a hacerse insostenible. Además, sabía que no podía refugiarse en la esperanza de la cámara regenerativa por siempre. Había incurrido en varios decesos de eficiencia en los últimos años y, con atisbos de creatividad, los había disfrazado frente a sus pares, quienes, a pesar de la inalcanzable intelectualidad que los caracterizaba, no lograron detectar estas incongruencias.

Tras el primer siglo de su vida, uno de esos descansos regenerativos fue especial por sobre el resto. Dentro de la cápsula, el sonido omnipotente de El Núcleo que siempre lo acompañó, funcionó como catalizador para despertar algo nuevo en su mente. Se concentró tanto en oírlo que surgió en él un apego a seguir concientemente su forma oscilante, el ir y venir de ese zumbido constante. Jamás ninguno de los suyos se habían interesado en esa propiedad tan básica del sonido, presente hacía milenios, de su ciudad. Descubrir que la naturaleza de dicho sonido como algo más allá de la explicación física del mismo penetró en todo su ser tan fuertemente, que no pudo despegarse de él. Durante las décadas siguientes su rol en el enjambre se vio dificultado por esta distracción, esta notoria curiosidad.

Debido a este inesperado inconvenitente, se vio forzado a adelantar el descanso siguiente, temeroso de cometer una falla grande en sus tareas a causa de la distracción que ese zumbido le generaba.

Necesitaba unos minutos para pensar, para tomar un plan de acción o descubrir como librarse de aquel sonido, de esa falencia en su cerebro que significaba no poder parar de oirlo. No obstante, sucedió todo lo contrario. En esos instantes de libertad que le otorgó el descanso, no pudo parar de percibir nuevamente el zumbido en su esplandor. Lo que descubrió lo estremeció hasta lo más profundo.

Fue conciente, por primera vez, de algo guardado que su raza había dejado abandonado en sectores de su genética más primitiva, algo que podría considerarse anterior a todo pensamiento, algo llamado ritmo, la ondulación de la vida. Entonces, antes del final de su regeneración, tuvo una chispa que le enseñó cómo continuar. En lugar de evitar el oscilante zumbido distractivo, se apegaría a él. Lo utilizaría como herramienta para tomar fuerzas en los largos años de trabajo y espera.

Cuando la actividad que le tocaba realizar bajaba, así sea un poco, en exigencias, 2378 utilizaba los módulos de su cerebro que estaban en estado de espera para concentrarse en el sonido de El Núcleo. Con el paso de los años aprendió a hacer de él un eco en su mente. Incluso llegó a parecerle por momentos que podía recrearlo sin necesidad de estar escuchándolo.

Cada vez que participaba en una expedición a un planeta de tipo 2, lejos del omnipresente sonido de su ciudad, se tomaba algunos segundos para practicar ese intento de reproducción mental del mismo. Sobre el último siglo viviendo en el enjambre, había comprendido que su mente era capaz de crear proyecciones de pensamientos, sonidos e inclusive imágenes. Este tipo de experiencias estuvieron a punto de paralizarlo por completo en varias ocasiones.

Sus últimas visitas a la cámara de éstasis fueron muy intensas. Había logrado dedicar un grueso de esas horas a formar incipientes imágenes en su cabeza pero, incluso si apenas lograba dibujar en su mente alguna mancha, esta perduraba por años, imborrables, acompañándolo en su día a día.

Lo que estas visualizaciones le generaban era absolutamente indescriptible. Si bien notaba que se trataba de un proceso de alguna forma mental, le resultaba imposible asociarlo con mecanismos de análisis típicos de sus módulos cerebrales. A diferencia de otros procesos neuronales, éste invadía todo su cuerpo e, incluso, se extendía mucho más allá de él. Carecía de toda explicación y cuanto más razonaba sobre el asunto, más fuerza tomaba la teoría de un fallo absolutamente atípico había ocurrido en el momento de su creación, pero no podía desapegarse de la necesidad de experimentar lo que esta falencia le generaba y de sobrevivir al intento.

No fue sino en las últimas décadas antes de aquella decisiva excursión al planeta xA23b-5, cuando comenzó a formular en aquellos escasos momentos de descanso regenerativo, la posibilidad de que su anomalía fuera una forma improbable de proceso primitivo, lo que su especie catalogaba como “emociones”. Repasó incontables veces la opción de dar a conocer esta teoría con sus pares nactalianos. Si bien defectuoso, su proceso podía ser de gran utilidad para fines experimentales. Tal vez sus hermanos podían descubrir, gracias a ello, un vestigio de información que destrabara la rueda estancada de la evolución de su especie.

No obstante, aunque entregarse sin dubitaciones al progreso de su enjambre hubiese sido el accionar esperado y eficiente, 2378 no podía dejar de visualizar lo que sería de él si ponía a disposición de los suyos para ser experimentado. Su proceso mental de creación de imágenes se había desbordado por completo hacia la ansiedad del deseo de existir y un rechazo constante a ser erradicado.

En sus incontables incursiones en los planetas de diversos sistemas, observaba en cada una de las personas que secuestraban y sobre las cuales luego estudiaban como ratas de laboratorio, el sufrimiento en sus ojos, sus doloridos lamentos.

Los gritos y el desgarro de los sujetos de prueba, comenzaron a movilizar más y más algo en su interior, algo tan grande que su cerebro no bastaba para contenerlo, al punto que necesitaba su cuerpo entero para manejarlo. Ninguno de sus pares lo notó jamás, debido probablemente a lo imposible del suceso, o a lo incoherente del mismo, pero 2378 llegó incluso a temblar en varias de las operaciones.

Quinientos años después de su creación, 2378 ingresó por última vez a su añorada cámara regenerativa. La reparación duró algunas horas y, acompañado del siempre presente zumbido de El Núcleo, tomó conciencia de que su cerebro había estado haciendo algo increíble: creando. Fue entonces, justo antes del final de su regeneración, que en su cabeza resonó algo que ningún otro en su raza había experimentado en milenios: “Yo soy”.

Casualidad o destino, a pesar de lo vasto del tiempo y su longevidad como nactaliano, ese día, y no cualquier otro, su grupo tenían planeado examinar especímenes del planeta 5 de la Estrella xA23b, el único planeta en muchos sistemas solares con la suficiente radiación ambiental como para anular el pensamiento colectivo del enjambre por horas, si se utilizaba de la manera correcta.

Descendieron, como era lo usual, en un sector del planeta donde la noche abarcaba todo bajo el cielo. Encontraron una tribu pequeña de nativos, unos seres anfibios de grado 2, con primitiva tecnología basada en la fundición de metales para elaboración de herramientas de caza.

Como tantas otras veces, 2378 ingresó a la choza de un nativo cuya genética se encontraba catalogada como sujeto de estudio, mientras éste dormía y se dispuso a raptarlo. Éste se despertó en ese preciso momento, descubriendo la incursión. No gritó, ni intentó pelear como solía suceder. En lugar de eso, saltó de la cama precaria, se arrinconó contra la esquina de su choza y quedó inmóvil, paralizado de terror, con sus ojos clavados en la mirada de invasor.

En ese instante único, 2378 tuvo su primer experiencia real de empatía. Los ojos del nativo impactaron de lleno en algún lugar recóndito del interior del nactaliano que, por primera vez en su vida, sintió el poder de un verdadero sentimiento: el poder del miedo. Sobrepasado, el incursor nocturno de desmoronó de inmediato sobre el piso del a choza de su víctima, y también por vez primera en su vida, perdió la conciencia.

Nadie sabe a ciencia cierta qué sucedió esa misma noche, en aquel planeta distante del sistema xA23b, luego de que 2378 perdiera el control de su mente frente a aquel choque irrebatible de emociones. Se cree que su cerebro bloqueó, gracias a la radiación ambiental del planeta, su contacto comunitario con el enjambre, al punto que el resto de los nactalianos volvieron a su ciudad sin esperarlo ni averiguar que había sido de él. Algunos teorizan que los mismos nactalianos simplemente pasaron a ignorar la existencia de 2378, como si éste jamás hubiese sido concebido, incluso si las computadoras guardaban registros suyos.

Lo cierto es que, tras quizás días, cuando 2378 por fin recuperó la conciencia, algo muy fuerte había cambiado en su interior. Era la primera vez en cinco siglos que, aún de forma fortuita, hacía horas que no se encontraba en actividad constante, sosteniendo la obligada eficiencia matemática y operativa que mantenía día y noche, año tras año, salvo por aquellas bocanadas de vida en la cámara regenerativa.

El desmayo había funcionado como mucho más que un descanso, un simple respiro. Fue para él, un profundo quiebre en su ser y, ahora, yacía mirando al cielo del sistema xA23b, con el cuerpo paralizado por esa sensación inconmensurable de existencia y de terror.

Sin saber cómo, había llegado a aquél pastizal pantanoso y se encontraba tendido de cara al cielo verde del planeta 5. Probablemente el nativo le había perdonado la vida, abandonándolo lejos de la tribu, o quizás simplemente lo habían desechado como basura al creerlo muerto.

Tendido en aquél páramo húmedo y salvaje, se inundó de incontables sensaciones que atacaron toda su intelectualidad, toda la estructura de su mente. El susurro del viento, el tacto penetrando su calva cabeza, los insectos caminando por su cuerpo y el sonido del ambiente, incluso aún mucho más penetrante que el constante zumbido de El Núcleo, lo envolvieron por completo.

Todo aquello, ese pequeño universo, pero infinito a la vez, se encontraba vivo. Y esa vida funcionaba más allá de todo entendimiento mecánico de la misma, e iba tomando forma a su alrededor, desenvolviéndose inexplicablemente y sin control. El caos y la maravilla de la naturaleza, primitiva e inaprensible, colmaron las primeras emociones libres de 2378 durante el tiempo que estuvo allí, inmóvil.

Permaneció tendido por quizás días. Nadie hubiese imaginado que, de aquel nactaliano defectuoso, abandonado por sus pares a la merced de lo salvaje en un planeta entre tantos, paralizado por las emociones, surgiría uno de los seres que cambiarían el destino de la galaxia.

Quizás casualidad, quizás destino, pero sucedió a la par que, en un sector del mismo brazo de la espiral de estrellas, otro de los definidores de esta Era conocida como El Despertar de la Galaxia, comenzaba sus pasos políticos y sus primeras intervenciones interestelares. No era nactaliano pero sí de una raza con un lejano parentesco genético. Con el tiempo, tras su ascención como gobernante implacable, fue conocido por sus seguidores como El Unico, el Devorador de Mundos o el Padre de los Regentes. No obstante, él prefería que simplemente lo llamaran Dios.

La historia de ambos se entrelaza por siglos, en una maraña compleja de tensiones políticas y bélicas que envolvieron civilizaciones enteras, creencias, vida y muerte. Pero el objetivo principal de este relato, así como fue concebido, es despertar la conciencia de quienes lo lean, ahora, siglos después de que esa Era de innovaciones y despertares finalizara, con el advenimiento del Sonidos de los Eones y el control de los Regentes sobre la galaxia.

Esta historia cuenta una etapa importante para las especies de este sector del universo. Muchas desparecieron, y muchas permanecen bajo el control del inamovible y corrupto Sonido de los Eones. Sólo algunas pocas razas permanecen libres, aunque precariamente ocultas.

2378 nos dio un legado. Nos pertenece mantenerlo vivo, con la esperanza de que, algún día, los seres de esta galaxia recuperen su libertad, ya no sólo de cuerpo, sino también de mente y espíritu. Estás leyendo estas líneas en alguno de los métodos que utilizamos, ya sea holográficamente, ya sea por proyección intra-mental, ya sea por lectura primitiva de símbolos. Sea cual sea el método y la fisonomía de tu raza, que estés leyendo esto, para nosotros significa esperanza.