[Español] The Hum, Tales of Anubis: Capítulo 2 – Dios del Pantano

Ajeno al tiempo, encerrado en una burbuja indestructible de auto conciencia, 2378 permaneció sobre el pastizal, en el cual fue abandonado, durante soles y soles. Atinó únicamente, tras varios días, a sentarse con la espalda recostada sobre una roca que le llegaba hasta los hombros, pero fue un movimiento sumamente automático y sin decisión alguna. Seguía en estado de shock, aunque no a causa del desmayo que había sufrido o por la situación de abandono en un planeta distante, sino más bien por el poder incontrolable de sus incipientes emociones.

Allí, postrado, inmóvil y tieso, parecía una estatua ritual u ornamental un tanto ridícula. Su, en relación al cuerpo, enorme cabeza se sostenía sobre su pequeño cuello sin apenas balancearse un centímetro. Su vestimenta, la típica túnica sintética negra de los nactalianos, aumentaba la sensación de muñéco inherte que generaba.

Sus piernas llegaron incluso a enterrarse algunos centímetros bajo el pantanoso suelo de aquel pastizal violáceo oscuro. A su alrededor, cientos y cientos de insectos y pequeños animales de diversas fisionomías bailoteaban y se enredaban en la cadena alimenticia. Pequeñas criaturas aladas y viscosas saltaban, a la caza de otras más grandes , peludas y de cuerpo redondo, pero sumamente ágiles. Cuando éstas eran atrapadas por alguno de sus tantos depredadores, chillaban en un agudo quejido , a la par que soltaban un potentísimo y hediondo gas verdoso que, muchas veces, inundó al extranjero de piel gris. Pero ni eso lo despertaba de su ensimismamiento.

El shock que había recibido algunos días atrás, en la choza del anfibio de grado 2, cuando sintió el verdadero terror inundar cada centímetro de su ser, aún actuaba con potencia. Las visiones y recuerdos de todas las víctimas indefensas que su especie había estado capturando y posteriormente manipulando cual objetos, se mezclaban con una regurjitante actividad llena de vida a su alrededor. Los módulos cerebrales de 2378 no se encontraban desconectados, más bien todo lo contrario, no daban a basto intentando acaparar la atención de cada comportamiento de ese microsistema, infinito a su manera.

Tras algún tiempo, pensó en ponerse de pie y estudiar aquellas pequeñas formas de vida, pero asociarlo con lo que había estado haciendo por siglos y con su naciente empatía hacia el dolor ajeno, le resultaba sumamente conflictivo. Un choque de pensamientos inconclusos arrasaba su mente, mientras oleadas de inexplicables cosquilleos y temblores recorrían su cuerpo, totalmente desconectado de su control. Su existencia ya no pasaba por la vara de la eficiencia. De hecho, no poder manejar sus propios miembros, pero aún seguir en plena actividad mental, le generaban una sensación de inutilidad inmanejable.

Comenzó a creer que su falla cerebral, la misma que le hacía sentir, había contaminado todo sus sistema motriz. Cuando caía en pequeños momentos de lucidez analítica, vislumbraba lo correcto de la decisión que había tomado su especie al haber eliminado las emociones de su genética, milenios atrás. ¿Qué utilidad podría tener una funcionalidad tan ineficiente como aquella, al punto que no podía se controlada y anulaba sin lógica el manejo de su propio cuerpo?

Sin abandonar la racionalidad que caracterizaba a su especie, observaba a los depredadores del pantano esconderse con paciencia, a la espera del momento justo en que alguno de los insectos rechonchos que sobrevolaban la zona pasara a su lado. Todo tipo de cosas sucedían cuando el asechante cazador salía de su escondite para disparar el zarpazo. 2378 podía ver a las víctimas actuar instantáneamente con dolor, desesperación y miedo. Pero, cada vez que el atacante fallaba, algo similar se despertaba en éste también. En los ágiles pero primitivos movimientos del depredador se alcanzaba a vislumbrar algo más que un actuar lógico y eficiente. Alguna especie de emoción, producto de haber fallado, tomaba control de su cuerpito alado y vizcoso. Incluso el atacante parecía comportarse con miedo y ansiedad a lo largo de su efímera vida.

2378 comenzó a teorizar que, en especies primitivas, dichas emociones podían tener alguna utilidad a la hora de garantizar su supervivencia pero.. ¿Para qué sobrevivir? ¿Por qué una vida tan básica, lejana a la perfección y efímera luchaba por perpetuarse? Cada vez que estas preguntas se enunciaban en su mente, recordaba su vida y sus últimos siglos, especialmente ese impulso por evitar ser destruido por el enjambre a causa de su fallida creación. Indudablemente era un ser imperfecto y con elementos primitivos en su composición. Pero, incluso aceptando esto, necesitaba comprender el porqué de aquel deseo de supervivencia y cuales fuerzas lo movilizaban.

El abandonado extranjero había entrado en un círculo sin fin de planteamientos y bloqueos que lo mantuvieron días y  días paralizado en aquel pantano hasta que, una mañana lluviosa, un grupo de pequeñitos individuos se aventuraron a su ubicación en busca de un lugar donde acampar. El nactaliano los catalogó de inmediato en su mente: eran squartles, criaturas grado 3, anfibios y con piel luminiscente.

Como toda criatura de grado 3, los squartles poseían tecnología absolutamente primitiva. Apenas tenían la capacidad de reconocer objetos físicos de su mundo circundante como posibles herramientas o bien, como toscos ornamentos. Sus mentecitas, alojadas en cerebros del tamaño de muy pocos centímetros, les permitían igualmente algunas proezas como comunicarse entre ellos con un lenguaje precario, realizar rituales de apareamiento complejos o bien realizar actividades como cantos y bailes.

El grupito de aventureros había desembocado hasta la posición del nactaliano y, al encontrarlo inmóvil y frío, lo tomaron por algún dios del pantano, ya que les recordaban a antiguas estatuas que habían servido de deidades en sus pueblos de antaño. Limpiaron todo alrededor de él en un radio circundante de varios metros.  Arrancaron pastos, movieron piedras, encendieron fogatas. El campamento pasajero se había rápidamente transformado en una locación permanente. La tribu se sentía afortunada de haber hallado aquel páramo sagrado y habían decidido que ese sería su nuevo hogar.

2378 seguía sin tener reacción perceptible, pero su cerebro trabajaba a millones de revoluciones por segundo. El asombro y el terror que estas criaturitas le generaban, habían profundizado más las oleadas emocionales en todo su cuerpo, sobre el cual perdía cada vez más la noción de pertenencia.

Día a día, los vivaces squartles cantaban y danzaban alrededor de su nuevo dios del pantano. Se sentían halagados y elegidos por la vara de la buena suerte. Cuando capturaban insectos gordos y llenos de sabroso líquido verde fluorescente, eran ofrendados a los pies de su benefactor de cabeza gigante, aunque este no diera muestras de reacción o agradecimiento. Intentaron incluso ingresar algunos alimentos por la inamovible boca del nactaliano, pero su rigidez lo impidió todas las veces.

Cuando el día lo ameritaba, debido a una gran caza, el nacimiento de alguna cría o la unión de dos squartles, pintaban la cara y las manos del tieso extranjero con divertidos y alegres colores creados con pigmentos de diversas plantas y animales del pantano.

La mente analítica de 2378 había logrado comprender el lenguaje de sus compañeros en cuestión de horas. Por lo que le fue posible ir armando un mapa cerebral de toda su cultura, que le resultó sorprendente desde muchos aspectos. Los squartles venían migrando desde miles de kilómetros al norte, de la zona de los grandes ríos. Una enorme guerra contra los altos anfibios los había diezmado y, ahora, sobrevivían a duras penas formando tribus que se encondían en pastizales alrededor de todo el continente. Él sabía sobre las idas y vueltas de las especies, que sus surgimientos y posterior extinción, eran moneda corriente en la galaxia pero, así y todo, se podría decir que 2378, sentía pena por ellos.

Con el paso de las semanas, el cantar alegre e ingenuo de los pequeños nativos comenzó a movilizar en el corazón del rígido extraterrestre algo muy similar a lo que el zumbido de El Núcleo le había generado, siglos atrás, en la cámara de regeneración. Solo que, ésta vez, la sensación era particularmente diferente. En lugar de conflictuarse en la búsqueda de cómo controlar el resuene del sonido en su cabeza, 2378 comprendió que ninguno de sus pares, ni la computadora central, detectarían ahí sus distracciones y lo destruirían. Por eso, se entregó a oír esos cánticos, observar los bailes y estudiar qué sucedía en su interior al hacerlo.

Así, entregado a la experiencia de convivir con estos seres, transcurrieron algunos años. Dado que los squartles tenían una baja expectativa de vida, 2378 fue testigo de el ir y venir de las primeras generaciones y cómo la cultura del pantano giraba en torno a él, su supuesto dios. Comenzaron a llamarlo “Dios Piel de Piedra”, “Dios de la Cacería” y hasta “Dios de la Vida y la Muerte” y él, entre sus complejos y confusos pensamientos, se asombraba de lo prolífico y creativo que podía ser un grupo tan reducido de seres en un sector tan pequeño como un pantano.

Entre las cosas más sorprendentes, se encontraba la nominación que utilizaban de sus individuos. Utilizaban designaciones basadas en atributos físicos, logros o, a veces, en factores totalmente aleatorios como la proyección de una madre squartle de lo que se suponía que su hijo iba a ser en vida.

Los cantos también fueron evolucionando.

“Dios del pantano, gran dios de ojos grandes.

Nuestros abuelos y tatarabuelos corrieron hacía tí,
y nuestros hijos y nuestros nietos hoy nacen a tus pies

Dios del pantano, gran dios de piel de roca.

Nuestros corazones brillan de alegría! Déjanos saltar y cantar,
comer, vivir y morir por tí !”

2378 intentó emular algunas de estas canciones en su mente. Le parecían intrigantes. ¿Cómo era factible que aquellos seres tan primitivos tuvieran esas posibilidades de creación tan únicas?

Era, de todas formas, sumamente obvio que en sus palabras no había ni un asomo de lógica. Sin contar que su lenguaje y la complejidad del mismo carecían de toda posibilidad de expresar conocimientos del universo. Pero, incluso así, guardaban algo que no podía ser abrazado por análisis alguno. El inmóvil extranjero no podía comprender por qué, pero esa cultura primitiva y con pensamientos fuera de toda lógica, le generaban algo muy especial.

Así, maravillado por la compañía de las familias squartles, aún sin poder controlar su pálido cuerpo, 2378 pasó a ser parte de la cultura de esa tribu durante algunos pocos años. Vio familias enteras nacer, vivir plenamente y morir. Cantar y bailar. Compartió su dolor al oir los alaridos de muchos cuando recibían a los exploradores que volvían con heridas de muerte. Él sabía que si hubiera tenido la posibilidad de moverse y un aparato multifunción como el que había perdido en la choza aquella noche del desmayo, habría podido salvar a casi cada uno de ellos. Pero no a todos, y eso también generaba un incómodo ruido en su interior. ¿Es que, acaso, incluso con la más avanzada tecnología y eficiencia mental, no había forma de evitar la destrucción, la muerte?

Ningún nactaliano había alcanzado jamás una muerte natural, ya que eran pulverizados por el bien de la especie cuando sus niveles de eficiencia bajaban demasiado de la norma. No obstante, estaba claro que era cuestión de tiempo, no importaba cuánto, para que el cuerpo dejase de funcionar, así como sucedía con todas las especies que conocía en la galaxia. Este pensamiento lo perturbó durante días y noches. Cada vez que veía un ritual funerario en el pueblo y oía los cantos, podría decirse que en algún rincón de su existencia, 2378 lloraba con ellos.

Algunos creen que esta etapa de la vida de 2378 fue clave para cómo se desenvolvió siglos más tarde. En algunos planetas primitivos se lo conoció como Dios de la Muerte o el dios que acarreaba las almas tras el fallecimiento. No obstante, estas creencias reflejan las confusiones, misticismos y manipulaciones de muchos hechos, que serán relatados a su debido tiempo.

Fue, entonces, una cálida noche de primavera, a la luz de las fogatas, cuando el destino del páramo cambiaría para siempre. Toda la tribu pudo sentir un temblor en el suelo. Un ritmo penetrante y acaparador, haciéndose cada vez más y más intenso. Algunos exploradores volvieron desesperados de sus puntos de guardia nocturno y dieron la alarma: un gran torcodonte de muchos cuernos y metros de altura, caminaba directo hacia ellos.

2378 intentó utilizar su enciclopedia mental para descubrir qué criatura era el mencionado torcodonte y, tras cruzas de información y ciertos cálculos, visualizó una imagen del mismo. Se trataba de un depredador de varios metros, piel escamosa y muy resistentes y filosos cuernos. Algunas razas nativas utilizaban su piel y sus huesos para herramientas y vestimenta, pero no era el caso de los pequeños squartles. Para ellos, esta bestia significaría la muerte.

El temblor se acrecentaba a ritmo constante, haciendo mover cada arbusto y cada vivienda en los alrededores. La tribu se preparó para el embate inevitable haciendo un círculo alrededor del nactaliano que, sorprendido, no lograba formular cuál era el plan de acción que sus pequeños compañeros estaban trazando. Debían correr y él, inmóvil, sintió con más fuerza que nunca eso que muchos llaman frustración.

Por entre la alta y áspera vegetación del pantano violeta, la mounstruosa criatura finalmente se dio a ver. Al llegar al círculo formado por arbustos pequeños que delineaba el pueblo, se detuvo y resopló, dominante. Dirigió su mirada de varios ojos a la tribu y su aparatosa formación de defensa. Entonces, posándose sobre sus patas traseras, lanzó un rugido que hizo temblar kilómetros a la redonda. Una vez más, un sonido movilizaba el interior de 2378 y, éste, tuvo una sensación muy similar a la de aquella noche en la que se desmayó en la choza de un aldeano. Pero pudo suportarlo.

Los valientes squartles, lejos de atemorizarse, mas llenos de vigor, cantaron:

“Aquí nacimos, aquí vivimos.
Nuestro dios nos cuidó día y noche,
nos dios comida, sabiduría, hijos y nietos.
Hoy moriremos por él, pero él quedará en pie!

Aléjate bestia, tus sucios cuernos
no tocaran la piel de roca de nuestro
padre, nuestro amigo y guardian!

Moriremos, pero más vendrán.
Al pie de nuestro guardián!”

Nunca antes una canción squartle había resonado tan fuerte. Era el poder de la vida y la muerte. El imponente torcodonte dudó algunos instantes pero, sin llegar a amedrentarse por el ritual y la actitud decidida de los luminiscentes guerreros , alzó su pecho y sus patas delanteras al cielo una vez más y soltó el rugido más potente que jamás hay cruzado ese pantano. Metros y kilómetros a la redonda, incluso el más ágil de los animales se escabulló hasta encontrarse lo suficientemente alejado de aquel monstruo. Todos corrieron, todos menos los pequeños de la tribu del dios piel de piedra, que cantaron nuevamente.

“Rugirás, moriremos, Pero nuestro dios, nuestro amigo, vivirá”

Un ola de frustraciones y culpa recorrió el cuerpo entero de 2378. Había vivido con sus amigos del pantano por años y, éstos, le creían un dios poderoso que les ayudaría a salir de cualquier dificultad. Pero él no era más que un paralítico extraterrestre abandonado en un planeta distante. Vio a la tribu entera cantar en su honor a punto de perder la vida. ¡No lo hagan! ¡Corran! Gritaba en su mente el inmóvil dios de piedra.

La bestia perdió finalmente la paciencia y, soltando un hálito furioso, comenzó su arremetida implacable. En cuestión de instantes, 2378 dibujó en su mente lo que sería su final. Trató de imaginar si sería muy diferente de una muerte por pulverización, como la que hubiese tenido en El Núcleo.

Pero, con aún más vehemencia que su propio destino, la imagen de sus pequeños amigos y el inminente fin de aquella tribu, cruzó como un rayo por toda su existencia. Cada fibra siliconosa de su cuerpo recibió descargas infinitas de una incontrolable sensación de ira. Se puso de pie por primera vez en años y, con increíble agilidad y precisión,  señaló con su dedo directo al entrecejo del torcodonte, frente a la mirada anonadada y maravillada de cada uno de los individuos de la tribu, que habían dejado caer toda arma de sus manos. Ver a su dios ponerse de pie les causó una conmoción aún infinitamente mayor que tener una bestia invencible corriendo hacia ellos.

2378 aún conservaba algunos implantes subcutáneos en los dedos que servían como arma aturdidora en sus incursiones nocturnas para secuestrar nativos. Sin apenas pensarlo, secundado por gritos de la tribu, disparó una ráfaga hacia la frente de la bestia, que, golpeada y anonadada por el choque eléctrico, huyo por el pantano, dejando a su paso retumbes y gigantes huellas, tan profundas que serían con los años rellenadas de tributos al dios piel de piedra y convertidas en santuarios.

“Amigo y creador, nos vio nacer, nos vio morir,
hoy se puso en pie y a la bestia venció!

Bestia, ni tus ojos, ni tus cuernos,
ni tu canto horripilante,
entrarán a nuestra casa!”

2378 quizo de alguna forma cantar, pero le resultó imposible. Al menos, podía ya moverse, y eso vino acompañado de sensaciones muy especiales. Le tomó algunos días reincorporarse por completo, tiempo que pasó en companía de los squartles. Aprendió rápidamente a hablar como ellos, que no se bastaban a si mismos para sentirse extasiados por el milagro del dios caminante. Intentó explicarles que venía del cielo, que no era un dios, pero de poco servía.

Aceptó finalmente que, ahora que podía hablar con sus compañeros de años, al menos debería intentar hacerlo sobre algo que ellos pudiesen y quisiesen recibir. Les contó, entonce, que había conocido a sus abuelos y tatarabuelos. Les narró acerca de como los había visto, durante años, trabajar arduamente en sus cacerías y recolecciones.

Como conocía los esfuerzos y el trabajo que les tomaba día y noche comer, cuidarse y sobrevivir, el nactaliano ideó en minutos un sistema de domesticación de los insectos más grandes y se lo enseñó a la tribú que, maravillada por la magia de su dios, jamás olvidó el regalo y lo cantó por generaciones.

Al cabo de algunos pocos días, 2378 comprendió finalmente que ya no era el mismo que había sido años atrás, allá lejos, en la fría ciudad espacial de su enjambre. No sabía ni podía definir quien era ahora y eso le inquietaba. Pero, a diferencia de lo que le había sucedido durante los años de parálisis, sentía un hálito de vida que le movilizaba a intentar descubrir el porqué de sus existencia, y el porqué de la vida misma.

Abandonó la tribu una mañana de verano, dejando tras de sí una cultura que duraría algunos siglos, antes de que el tiempo y el crecimiento de otras razas, cambiaran ese planeta por completo. Pero, como nos cuenta en sus relatos posteriores, su corazón jamás se olvidó de como, aquellos primitivos y saltarines seres, fueron sus primeros amigos y de que sus precarias enseñanzas sobre caza y cultivo no fueron nada en comparación del regalo que ellos le habían dado a él.

Resulta irónico pensar que muchas civilizaciones en la galaxia le deben, de alguna forma, su existencia y su despertar a los vivaces squartles de aquel remoto pantano arbutoso del planeta 5 de xa23b.

2378 dejó aquel lugar, que había sido su casa por años, siguiendo un ilógico e irracional impulso de descubrir el motivo de su existencia. No sabía qué le deparaba el futuro, ni podía armar cálculos controlados al respecto. Mientras cualquier otro individuo de su especie se hubiera auto destruido en su situación, o bien intentando contactar al enjambre, él sentía una irrevocable necesidad de adentrarse en lo desconocido.

Decenas de squartles cantaron su partir, aunque no había tristeza en sus voces. Eran los primeros en generaciones que habían vivido para ver al dios ponerse de pie, hablar con ellos y deambular por el pantano. El paso de los tiempos transformaría el hecho en historia, la historia en mito y el mito en cuentos de todo tipo.

Así, sin mirar atrás, pero dejando mucho de él en aquel pantano, con los dos soles del sistema xa23b asomándose por el horizonte, 2378 comenzó lo que sería su primer peregrinación.